Su reflejo en el cristal de la ventana cuando se giró para no verle y ahorrarse el castigo de los sentimientos que le causaba mirarle, era igual que el del resto de la gente que bajaba del autobús. La vulgaridad de la imagen fracturó la integridad del invisible belcebú demoniaco que le había estado levitando durante los últimos meses de suboordinación de una culpabilidad irracional.
La idea que le profirió esa misma imagen le devolvió las dotes artísticas que ese capullo le había arrebatado.
Hoy, ella vuelve a escribir.